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Adamo Buenosayres. (L. Marechal)

(…) E toccando il suolo sicuro di questo mondo Adamo si disse:
-Peccato!
Socchiuse gli occhi, e qualcosa di meno fitto dell’oscurità attraversò le sue palpebre, il presagio di un chiarore, un certo accenno di luce che filtrava attraverso la tenda pesante. Allora, davanti agli occhi di Adamo e nel caos indistinto che riempiva la sua stanza, si unirono o si respinsero i colori, si attrassero o si rifiutarono le linee: ogni oggetto cercò la sua rappresentazione e si configurò dopo una battaglia silenziosa e rapida. Come nel suo primo giorno il mondo germogliava dall’amore e dall’odio (cin cin, vecchio Empedocle!), e il mondo era una rosa, una melagrana, una pipa, un libro. Stretto tra la sollecitudine del sogno che ancora gravitava sulla sua carne e le pretese del mondo che già gli balbettava i suoi primi nomi, Adamo considerò senza benevolenza le tre melagrane nel suo piatto di terracotta, la rosa del giorno prima nel suo bicchiere di vetro, e la mezza dozzina di pipe reclinate che riposavano sul suo tavolo da lavoro: «Sono la melagrana!», «sono la pipa!», «sono la rosa!», sembravano gridargli con l’orgoglio declamatorio delle loro differenziazioni. E qui stava la loro colpa (cin cin, vecchio Anassimandro!): nell’aver lasciato l’indifferenziazione originaria, nell’aver disertato la gioiosa Unità.
Un sapore amaro sulla lingua del corpo e dell’anima, questo era ciò che sentiva mentre considerava la parodia delle genesi che si producevano nella sua stanza. Allora, con lo stato d’animo di un dio in vena di cataclismi, Adamo chiuse di nuovo gli occhi e l’universo della sua stanza ritornò nel nulla. «Fottiti!» brontolò, immaginando all’esterno la dissoluzione della rosa, l’annichilimento della melagrana e l’esplosione atomica della pipa. Forse, e al solo chiudersi dei suoi occhi, anche la città si sarebbe dissipata là fuori, e le montagne sarebbero svanite, gli oceani evaporati e le stelle si sarebbero staccate come fichi da un fico scosso dal suo frutticoltore…. (…)

(Leopoldo Marechal, Adamo Buenosayres, Capitolo 1, Estratto; Traduzione La Tana Linda)

ADÁN BUENOSAYRES.

(…) Y al tocar el fondo cierto de este mundo Adán se dijo:
-¡Lástima!
Entreabrió los ojos, y a través de sus pestañas le llegó algo menos espeso que la tiniebla, una claridad en pañales, cierto amago de luz que se filtraba por la densa cortina. Entonces, ante los ojos de Adán y en el caos borroso que llenaba su habitación, se juntaron o repelieron los colores, atrajéronse las líneas o se rechazaron: cada objeto buscó su cifra y se constituyó a sí mismo tras una guerra silenciosa y rápida. Como en su primer día el mundo brotaba del amor y del odio (¡salud, viejo Empédocles!), y el mundo era una rosa, una granada, una pipa, un libro. Puesto entre la solicitud del sueño que aún gravitaba sobre su carne y el reclamo del mundo que ya le balbucía sus primeros nombres, Adán consideró sin benevolencia las tres granadas en su plato de arcilla, la rosa trasnochada en su copa de vidrio y la media docena de pipas yacentes que descansaban en su mesa de trabajo: «¡Soy la granada!», «¡soy la pipa!», «¡soy la rosa!», parecieron gritarle con el orgullo declamatorio de sus diferenciaciones. Y en eso estaba su culpa (¡salud, viejo Anaximandro!): en haber salido de la indiferenciación primera, en haber desertado la gozosa Unidad.
Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis que se desarrollaba en su habitación. Entonces, con el ánimo de un dios en vena de cataclismos, Adán cerró de nuevo los ojos y el universo de su cuarto volvió a la nada. «¡Que se jorobe!», refunfuñó, imaginando afuera la disolución de la rosa, el aniquilamiento de la granada y el estallido atómico de la pipa. Quizás, y al solo cerrarse de sus ojos, también la ciudad se habría disipado afuera, y se habrían desvanecido las montañas, evaporado los océanos y desprendido los astros como los higos de una higuera sacudida por su fruticultor… (…)

(Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, Capítulo 1, Extracto)

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